EL HOMBRE QUE AMÓ


Ni los vientos del sur
pudieron doblegarlo,
aun cuando la incertidumbre
cubría por completo
la visión de su futuro,
se armó de un sólido optimismo
capaz de dinamitar
a la estructura más monumental.
El se abría paso
entre las grande montañas,
y la lluvia no lo detenía,
por el contrario,
refrescaba su rostro
y lo hacía sentirse vivo.
Y se lanzó al vacío
sin certezas sobre
lo que le esperaba
pero con determinada convicción.
Quizás ese hombre
no entendía de razones
y se dejaba arrastrar
por la arrolladora fuerza
de los sentimientos.
Un corazón tenaz
retumbaba en su interior
y despedía destellos enceguecedores
de luz que disipaban
cualquier atisbo de oscuridad.
Ni el miedo,
que lo invadía todo lentamente
como una bruma silenciosa,
que a su paso
iba congelando todo,
fue capaz de domarlo a él
que como un potro descontrolado
galopaba hacia sus sueños.
Dejó atrás sus dudas, sus heridas
y se echó a volar
propulsado por el deseo
de cambiarlo todo
y con la mirada fija en su objetivo.
Lo dejó todo, lo dio todo,
no triunfó, tampoco fracasó,
dejó de existir por un momento.
Pero él siempre renace,

pues su esencia es la lucha.

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