EL CAMINANTE


Juntó con paciencia
los trozos de su corazón ensangrentado
lastimado de tanto andar.
Y los acomodó como pudo en el centro de su pecho.
Ya se había ido esa sensación de vacío,
la nada misma acomodada en su ser.
Vaciló unos segundos y decidió seguir.
Por momentos lo invadía la tentación de mirar atrás,
a veces lo atormentaban miles de preguntas
¿Por qué? ¿Qué hice mal?
Pero se había propuesto no mirar atrás,
dejar de lado el pasado
y seguir, solo seguir.
El temple de su espíritu
lo ayudaba en esa tarea
que a veces parecía titánica,
pues no era fácil caminar
con el corazón ensangrentado,
con heridas aun frescas,
 el alma fatigada
y la mente llena de recuerdos,
que a veces se convertían en ideas oscuras.
¿Y si me quedo aquí? ¿Y si me abandono?
¿Y si acabo este viaje de una vez por todas?
Pero sus ojos no dejaban de mirar más allá.
Entre ceja y ceja tenía el final del camino.
Veía las luces de las farolas que le indicaban donde ir.
Tomaba aire, como llenando su cuerpo de nueva vida
y poco a poco, paso a paso
encontró nuevas formas de caminar,
las coloridas luces fueron su compañía
y cuando menos lo pensó
su rostro ya dibujaba sonrisas de nuevo.
Seguir, solo seguir

es lo que aprendió en el camino.

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